
El señor Manuel el Botinero, que era carpintero de profesión, era una persona muy graciosa y tenía unas ocurrencias únicas.
En una ocasión, un amigo le prestó una cantidad de dinero y como el tiempo pasaba y no podía devolvérselo, porque en la carpintería no le iba muy bien, y ante la premura del prestamista, Botinero, que tenía mucho interés en pagarle lo antes posible, le dijo unas cuantas veces que era su intención pagarle en especias, haciéndole unos muebles o algún apaño para su casa, a lo que siempre se negaba el prestamista, alegando que tenía de todo en su casa y que por tanto no necesitaba nada. Esto le hizo recapacitar al señor Manuel, y al cabo de unos días se le ocurrió hacerle algo que por fuerza mayor habría de necesitar, tarde o temprano, alguna vez: ¡una tumba…un ataúd!
Cuando le mandó a su casa la caja fúnebre, le dijo que la guardara en el pajar hasta que le hiciera falta.